HERMANAS
Cuando dos hermanos se encuentran por vez primera se produce una sacudida emocional en la cual cada uno asume su papel en el mundo y ambos comprenden que no han sido llamados a ser el centro del universo. Algo así debió pasarnos a mi hermana y a mí cuando nos conocimos, ella ya contaba seis primaveras cuando yo llegué para instalarme en el seno de la familia García. Sólo estábamos las dos y eso debió de hacernos observarnos concienzudamente. Nunca extrañé nada en ella, para mí era una hermana como cualquiera a pesar de que no hacía las mismas cosas que hacían las hermanas mayores de mis vecinos o primos. Era consciente de que mi hermana tenía una débil salud, desde luego, y que no jugaba con ella como lo hacía con otros niños pero me parecía la mejor hermana del mundo (aunque suene cursi). No montábamos juntas en bici ya que ella no podía andar, tampoco hacíamos de mamás y papás pues nunca comprendió ese tipo de juegos, pero hacíamos otras cosas divertidas como escuchar discos de vinilo durante horas, los pitufos, Enrique y Ana, Teresa Rabal eran nuestros favoritos; nos encantaban los cuentos y estar abrazaditas mientras la suave brisa cartagenera pasaba invadiendo cada rincón de la casa. Poco a poco fui descubriendo que, tal y como intuían las personas externas a nuestro búnker familiar, mi hermana no era igual a las demás y por eso seguramente todo el mundo la miraba por la calle cuando íbamos de paseo; ella era diferente, como una flor exótica y exquisita fuera de su hábitat. su perfume era el halo de inocencia que la envolvía y se contagiaba a quien quisiera absorber su fragancia que penetraba hasta lo más hondo del alma. Mucha gente rechazaba la belleza de esta flor peculiar como un animal enjaulado pudiera rechazar la libertad si se la ponen frente a sus narices, pero muchas otras se dejaron cautivar por ella.
Mi hermana no pertenecía a este mundo lleno de banalidades porque era auténtica y sencilla. Muchas veces, en mis terrores nocturnos ,que aún hoy me acechan, me acurrucaba sobre sus hombros, en la estrechez de su cama esperando que pasara la oscuridad de la noche y sintiéndome segura en su abrazo sin reproches.
Siempre la amé a mi manera, débil y llena de egoísmos personales, deseando protegerla como un quijote a su dama. Ella era el ideal de lo que es bello en el mundo y debe ser querido y protegido.
Durante bastante tiempo me pregunté porqué en el ocaso de su vida terrenal no pude atender a su auxilio como hubiera querido, pues yo acababa de dar a luz. Sentí que me desbordaban tantos acontecimientos, no podía ni quería asimilarlos pero venían con una fuerza desbordante. En poco menos de un año mi vida entera se tambaleaba agitando mi apacible estancia en la tierra e hiriendo mi corazón de forma irreversible. Pero el herir no es morir, no debemos olvidarlo.
Ahora sé que en sus últimos días Ana debía ser la única protagonista de su bella historia y no verse eclipsada por mojigatas como yo con aire de falsa beatitud. Mi orgullo de hermana abnegada se vio perjudicado en favor de un conocimiento más real y profundo de mi debilidad y mis limitaciones humanas. Ahora sé que pude ser mejor, pero aún así aprendí a amar y ser amada de forma gratuita por alguien más parecido a un ángel que a un ser humano.
Hoy en día veo por las calles, en ocasiones, personas enfermas y no puedo evitar emocionarme un poco; lo que más me conmueve es cuando veo un chico enfermito abrazado y cuidado por sus padres, se me saltan siempre algunas lágrimas. Pero no son de pena ni de lástima, es que puedo sentir a través de ellos la ternura de un amor tan profundo y auténtico que penetra a todos los rincones oscuros del alma, limpiando nuestras inmundicias y haciéndonos sentir que somos en parte seres celestiales y no sólo bestias razonables abocadas a las trivialidades.
Es triste ver como una sociedad que goza de comodidades inimaginables para nuestros ancestros, avances técnicos, médicos y con la posibilidad de asomarse al manantial de la historia para reflexionar y aprender, no proteja sin embargo a los más débiles. En nuestra cultura no se promueve el amor a los demás, tan sólo el amor a uno mismo individualista y raquítico, limitado a darse placer continuamente. Bajo la bandera de la filantropía nos adoctrinan para pensar que la vida, si no puedes hacer un crucero, no merece la pena ser vivida. Pues a esos que manipulan nuestra forma de pensar yo les digo que es mentira. Mi hermana jamás conoció ninguna capital europea y de los viajes familiares, no se puede decir que disfrutara mucho; no visitó nunca un spa y por supuesto no consiguió un título académico aunque fuera de un cursillo de hacer aviones de papel. Pero pasó su vida feliz, sabiéndose querida por su familia y respondiendo a este amor con mil cariños, ella multiplicaba el amor que recibía por muchos tantos por cientos.
La vida es para vivirla en plenitud, y eso no quiere decir que deba dar la vuelta al mundo en monopatín para sentirme pleno. Muchas veces las personas más sencillas son las más intensas, porque han desarrollado la capacidad de disfrutar cada instante mientras los pedantes de turno los observan con desprecio y planifican un nuevo ratico de felicidad. La felicidad no se sustenta con viajes, salidas y cenitas (cosa estupenda y a las que me encanta apuntarme siempre que puedo), se tiene siempre con uno, como decimos los españoles “a las duras y a las maduras”.
No dejemos que arranquen de nuestras insípidas vidas nada propensas al servicio y a la entrega (porque está innato en nuestra naturaleza), el jardín más hermoso que ha cultivado DIOS para nosotros, un jardín de preciosa fragancia y exquisitas flores celestiales.
Siempre la amé a mi manera, débil y llena de egoísmos personales, deseando protegerla como un quijote a su dama. Ella era el ideal de lo que es bello en el mundo y debe ser querido y protegido.
Durante bastante tiempo me pregunté porqué en el ocaso de su vida terrenal no pude atender a su auxilio como hubiera querido, pues yo acababa de dar a luz. Sentí que me desbordaban tantos acontecimientos, no podía ni quería asimilarlos pero venían con una fuerza desbordante. En poco menos de un año mi vida entera se tambaleaba agitando mi apacible estancia en la tierra e hiriendo mi corazón de forma irreversible. Pero el herir no es morir, no debemos olvidarlo.
Ahora sé que en sus últimos días Ana debía ser la única protagonista de su bella historia y no verse eclipsada por mojigatas como yo con aire de falsa beatitud. Mi orgullo de hermana abnegada se vio perjudicado en favor de un conocimiento más real y profundo de mi debilidad y mis limitaciones humanas. Ahora sé que pude ser mejor, pero aún así aprendí a amar y ser amada de forma gratuita por alguien más parecido a un ángel que a un ser humano.
Hoy en día veo por las calles, en ocasiones, personas enfermas y no puedo evitar emocionarme un poco; lo que más me conmueve es cuando veo un chico enfermito abrazado y cuidado por sus padres, se me saltan siempre algunas lágrimas. Pero no son de pena ni de lástima, es que puedo sentir a través de ellos la ternura de un amor tan profundo y auténtico que penetra a todos los rincones oscuros del alma, limpiando nuestras inmundicias y haciéndonos sentir que somos en parte seres celestiales y no sólo bestias razonables abocadas a las trivialidades.
Es triste ver como una sociedad que goza de comodidades inimaginables para nuestros ancestros, avances técnicos, médicos y con la posibilidad de asomarse al manantial de la historia para reflexionar y aprender, no proteja sin embargo a los más débiles. En nuestra cultura no se promueve el amor a los demás, tan sólo el amor a uno mismo individualista y raquítico, limitado a darse placer continuamente. Bajo la bandera de la filantropía nos adoctrinan para pensar que la vida, si no puedes hacer un crucero, no merece la pena ser vivida. Pues a esos que manipulan nuestra forma de pensar yo les digo que es mentira. Mi hermana jamás conoció ninguna capital europea y de los viajes familiares, no se puede decir que disfrutara mucho; no visitó nunca un spa y por supuesto no consiguió un título académico aunque fuera de un cursillo de hacer aviones de papel. Pero pasó su vida feliz, sabiéndose querida por su familia y respondiendo a este amor con mil cariños, ella multiplicaba el amor que recibía por muchos tantos por cientos.
La vida es para vivirla en plenitud, y eso no quiere decir que deba dar la vuelta al mundo en monopatín para sentirme pleno. Muchas veces las personas más sencillas son las más intensas, porque han desarrollado la capacidad de disfrutar cada instante mientras los pedantes de turno los observan con desprecio y planifican un nuevo ratico de felicidad. La felicidad no se sustenta con viajes, salidas y cenitas (cosa estupenda y a las que me encanta apuntarme siempre que puedo), se tiene siempre con uno, como decimos los españoles “a las duras y a las maduras”.
No dejemos que arranquen de nuestras insípidas vidas nada propensas al servicio y a la entrega (porque está innato en nuestra naturaleza), el jardín más hermoso que ha cultivado DIOS para nosotros, un jardín de preciosa fragancia y exquisitas flores celestiales.
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