Me sorprende la moda que se ha generado últimamente en casi todas las cadenas de televisión. Mucho miedo me da todo aquello que nos empieza a bombardear desde la "inocente" caja tonta; y no es otra que la de ofrecernos extensos reportajes en los que los espectadores bobalicones podemos observar y deleitarnos con lujosos yates, suites presidenciales en la playa o en el centro de grandes capitales, mansiones despampanantes, centros de belleza de los que quitan el hipo y en fin, un sin número de artículos de lujo y de supuestas cunas del placer tan solo al alcance de los más afortunados y adinerados. Pareciera que la verdadera felicidad y deleite de los sentidos tan sólo estuviera al alcance de los que poseen dinerín al estilo más puramente hedonista.
Me da un poquito de grima la forma en la que nosotros, los pobres televidentes, babeamos imaginando una vida fácil, repleta de placeres en la que cualquier deseo expresado se convirtiera en realidad; y no puedo más que acordarme del evangelio sobre las tentaciones que sufre Jesucristo en el desierto, más concretamente aquella en la que se le muestran desde lo alto de una colina todas las riquezas del mundo y de los reinos terrestres y le dice el tentador "Todo esto te daré si postrándote me adoras". Hoy en día parece que no tiene importancia perder la integridad si a cambio obtienes bienestar o riquezas, cometer injusticias en el trabajo, acercarse a aquellas personas que más nos interesan, incluso buscar un matrimonio interesado,... son los eternos dilemas del hombre que se debate entre la autosatisfacción de su ego esclavizador o buscar la libertad de obrar con rectitud. En una sociedad donde el individualismo a roto muchos de los lazos interpersonales esenciales (entre padres e hijos, vecinos, hermanos, ...) el hombre se ve abocado a buscar sus intereses propios e ignorar los de los demás siempre que no les perjudiquen o pudieran oponerse a los primeros. No conocemos el nombre de nuestros vecinos, pero podemos recitarte al dedillo la vida de un sinfín de personajes vacíos y lejanos que bombardean los programas paradojicamente llamados del corazón como reliquias de la decrepitud. La televisión es un reflejo de nuestro vacío moral.
Pero volviendo al tema de los simpáticos reportajes sobre los lujos, que aturden nuestros sentidos con palabrejas incomprensibles tomadas de otros idiomas, me parece que los tios de la tele aún no se han enterado de las verdaderas formas de disfrutar al alcance de todos. Dios cuando creo este maravilloso mundo, no creo que pensara en un grupo selecto para disfrutar y otro más grande para mirar. Por eso, aunque es cierto que algunas cosillas si quedan reservadas para los más adinerados, las expresiones más gigantescas de belleza y alegría invaden toda la creación para todos aquellos que queramos disfrutarlas. Precisamente nuestro país es un gran ejemplo de esto, hablo de mirar el atardecer en una playa o en el campo mientras todo el paisaje se va dorando para luego oscurecer, de comerse un bocadillo de jamón o de tortilla española, hablo de coger un fruto del árbol y comérselo a su sombra, de un chiste bien contado, de contemplar el dulce sueño de un niño, bañarse en el mar mientras sus suaves olas te acarician el cuerpo, pan con chocolate para merendar. En fin, se me ocurren mil ejemplos y pienso que si queremos descubrir muchos más, tan solo tenemos que observar a los niños, ellos si saben disfrutar de una forma alegre, espontánea e inocente.
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