Le conocí hace muchos años ya, en la pequeña urbanización costera en la que pasaba el verano con mi familia. Moreno, de ojos risueños, deseoso de comerse el mundo y encontrar una Julieta de mirada dulce que lo acompañara para siempre por los devaneos de la vida. Romántico como ningún otro hombre que haya conocido e incondicional fan de Nino Bravo.
Nos hiciste pasar muy gratos momentos filosofeando sobre el verdadero amor y fuiste un pretendiente como pocos, un galán de los de antes, poeta, trovador de luna llena, admirador secreto, orador de multitudes, nunca imaginaste el bien que le hacían tus cumplidos a mi pobre alma. Ahora me pesa el corazón por no habértelo dicho nunca.
A mi favor sólo diré, que además de que me encantaban tus piropos y cumplidos; cuando traté de aconsejarte del amor, lo hice de corazón aunque de sobra sé que no te gustó.
Te marchaste dejando un reguero de Dulcineas heridas por no haberte hecho saber que eras especial, inocente y dulce (aunque con un puntito de mala leche que una cosa no quita la otra).
Fuiste demasiado bueno para entender los entresijos de las almas humanas, las ironías, ni las traiciones; fuiste buen amigo, hermano e hijo. Ojala pudiera arrancar algo de consuelo de mis entrañas para tu pobre madre. Perdóname por las veces que no te tomé en serio, que no supe entender tu corazón herido de desilusión. Hoy siento que no estuve a la altura de tus tan altas expectativas para conmigo. Te llevaré siempre en mi corazón M.
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