Qué
Bella sencillez la de María,
En
las cosas pequeñas de la vida,
Deja
impresa su hermosura y alegría.
Ocurrió
hace mucho tiempo,
Aunque
la historia es cordón,
Con
cuentas redondeadas,
En
las que nos habla Dios.
Nuestra
señora María,
En
un pozo reposaba,
Bajo una esbelta palmera,
Y su
cántaro llenaba.
Las
aldeanas entonan,
Dulces
sones de la tierra,
Que
conmueven la mañana
Y
que el corazón alegra.
Mas
he aquí un perro flaco,
Más
fino que un hueso seco,
Sucio,
rufián y pulgoso,
Que
carecía de dueño.
Buscando
las dulces aguas,
Se
arrima al pozo sediento,
Suplicando
a las mujeres,
Por
beber anda gimiendo.
Perro
sucio y andrajoso,
¿Cómo
osas acercarte
A la
madre del Mesías,
Con
aire tan suplicante?
Ya Lo echaban
las mujeres,
Cuando
la madre del cielo
Viendo
a la triste creatura,
Gemir
de pobreza pura,
Lágrimas
de terciopelo,
Sintió
al conmover su alma,
Contemplándolo
lloraba,
Y en
lágrimas se perlaba.
¿Cómo
tu siendo la madre,
Del
creador del universo,
Del
santo, del unigénito,
Así
lloras por un perro?
Mas
ella compadecida,
Su
cántaro vaciaba,
Sobre
la fina sandalia,
Y el
animal se saciaba.
¿Porqué
vacías tu cántaro?
Si
el cubo se halla partido,
No
podrás cargar más agua,
Para
saciar tu apetito.
No
es de la tierra Que emanan,
Los
torrentes cristalinos,
Sino
del cielo celeste,
Pues
es un don del altísimo.
El
mismo que hace brotar
Ríos
de la estéril roca,
Para
beber le dará,
Manantiales
a su esposa.
Su
manto resplandecía,
Por
el sol de la mañana,
Vino
una nube del cielo,
Y su
cántaro llenaba.
(Relato
adaptado de una tradición abisinia sobre Nuestra Señora)
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