Existe un dicho muy popular en Cartagena que trístemente define nuestro carácter "Para que el canario cante, el alpiste por delante". Este pareado cargado de pillería resume con mucha gracia la forma de pensar del hombre de nuestro tiempo y cultura; es decir que si no hay beneficio el tio no se mueve (otra forma de decirlo). Es común que alguién pregunte en medio de alguna conversación ¿Y que gano yo? y así vamos, calculando los gastos y beneficios de cada acción altruista o no que pudieramos realizar, desde que el despertador del móvil nos arranca de los brazos de Morfeo cada mañana. Vivimos en la época de los convenios y las demandas, cumpliendo horarios anquilosadamente con cara de congrio hervido, mientras vemos pasar las hojas del calendario anunciando lentamente nuestra propia decadencia. Ya me lo decía mi abuela, en su profunda sabiduría de 94 años "A la vieja y al bancal lo que se le pueda sacar".
Existirían (a parte de muchos otros) dos tipos de personas características; unos son los que me gusta denominar ·Esclavos del Convenio", su amo supremo y maestro es el convenio de trabajo y en el supeditan y consultan cada acto, me pregunto si en su vida real óbedecen a un secreto convenio que les dicte cada paso que han de dar. El otro tipo de personas y al que tienen pánico el primer tipo ya citado (aunque ambos tipos no son excluyentes) es el de los "hijos de los tribunales"; pertenecientes a algo así como una casta sacerdotal de los juzgados, poseen bastos conocimientos sobre recursos, plazos y demandas porque la ley es su arma y no dudaran en utilizarla contra quien les toque un poco las narices (por no mencionar otra parte del cuerpo).
Ambos subtipos se han propuesto dominar nuestro mundo contagiándonos a todos de su virus de falta de alegría y entusiasmo por la vida. (Creo que estoy desvariando un poco)
El caso es que hoy parece estar mal visto el hacer cosas gratis por el simple gusto de hacerlas. Todo tiene un precio y nos cuesta comprender la vida sin el intercambio necesario de intereses. A la hora de resolver los problemas nuestro ingenio se dirige súbitamente al sonido tintineante de las monedas; ese sonido que nos resulta inmensamente tranquilizador, nos da seguridad. Pero amigos, no es nuestra culpa, desde nuestros primeros recuerdos asociamos el vil metal con la satisfacción de cada necesidad o deseo, cuantas veces hemos escuchado hablar del dinero como única dispensadora posible de felicidad y su carencia la hemos visto relacionada con las mayores desgracias. El problema es que no existe en nuestra cultura nada gratuito, hasta las raquíticas monedas que ponemos con reticencia y desconfianza sobre las desnudas manos del que pide lo hacemos en concepto de compra-venta de tranquilidad para nuestras propias conciencias; y a estas alturas, no estamos preparados para comprender ese abstracto concepto.
El problema, más profundo si cabe, es que tenemos miedo a demasiadas cosas, a ser humillados, a la soledad, la vejez, el dolor, dejar de ser amados o tal vez, nunca volver a ser amados, desaparecer sin dejar apenas un invisible rastro; ¿Pero porqué todo esto? Tan solo pretendo avanzar unos pasos tras la piel, donde la razón, la conciencia están dormidos quizás, por capas y capas de obligaciones estúpidas, tallas que alcanzar, cientos, miles de artículos legales para no defraudar al mundo, para ser uno más, ser aceptado, en definitiva ser algo aunque sea un papel absurdo con el que nada tengamos que ver. Os propongo algo, una tarea imposible que yo misma trataré de llevar a cabo sin muchas esperanzas...pensar algo desinteresado de veras, algo pequeño sin duda, nada espectacular ni llamativo, que nadie se pueda enterar, ni agradecer y ¿Poqué no? puede ser nuestra oportunidad de empezar a ser libres.