Ante la pregusta ¿Quién o qué eres? el hombre no ha podido contestar del todo, pues el ser humano es un misterio en sí mismo. Sin embargo hoy, época en que las palabras significan tan poco, es fácil decir vaguedades y simplezas cuando se trata de responder sobre nosotros mismos. En la mayoría de casos, si nos preguntan ¿Quién o Qué eres? diremos algo relativo a nuestro trabajo, con entusiasmo relativo, según la ocupación. Incluso nosotros mismos llegamos a creer en esto, de este modo, podemos encontrar personas en exceso enorgullecidas que presumen sin compasión sobre su trabajo; y otras, por el contrario, en apariencia insatisfechas o con complejo de inferioridad pues su desempeño en la vida no es motivante, excitante, divertido, no sirve para ligar, ni para viajar, ni impresionar a un Mindundi. ¿Pero vamos a ver? Si yo desempeño una labor como limpiadora de los baños del metro, ¿Eso es lo que soy? debo acuñar en mi tumba "Aquí yace una limpiadora" y mi recuerdo quedará determinado de este modo. Yo prefiero ver los oficios como algo circunstancial, que aunque no deja de ser algo importante en nuestra vida y una misión al fin, sin subestimar la belleza que supone el desempeño de una vocación. Pero es algo temporal, ligado a los pequeños detalles que se han dado a lo largo de nuestro caminar. Lo que realmente me molesta, es la excesiva repercusión que tienen en la actualidad los títulos, diplomas, licencias y todo tipo de papelillo que acredite nuestras habilidades limitándonos a un rectángulo impreso y sellado por variados organismos chupatintas. No me considero en absoluto anárquica, pero creo que la persona es un abismo profundo e ininteligible en muchos aspectos, que no debe verse reducida a lo que un soplagaitas acredita que sabe hacer. Al final, casi todo se resume en el dinero y eso, en mi opinión, está muy lejos de la realidad. Porque las categorías de personas deberían ir en direcciones muy distintas.
Es difícil escapar a los prejuicios sociales que inconscientemente hacemos sobre cada ser humano que encontramos diariamente, pero por culpa de los mencionados prejuicios dejamos de percibir elementos esenciales de la gente, que las hace únicas en su especie. ¿Cuántas veces, etiquetando a primera vista a alguna persona como simplón o tonturrio, no habremos aprendido cosas vitales como la sencillez, sinceridad, falta de ambición o sacrificio de estas gentes?
Yo cada vez lo tengo más claro, somos mucho más que un nombre, título, ocupación,...; nuestra dignidad y originalidad es más grande.
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