mar y cielo

miércoles, 19 de octubre de 2011

EL PODER DE LAS PALABRAS

Con palabras se construye el mundo y se conquistan corazones. Por eso me causa alarma observar el valor insignificante que les damos a las palabras. Nadie podría llevarme la contraria si afirmo que el lenguaje tiene poder para cambiarnos internamente, puede hacer que optemos por una u otra forma de comportamiento, que forjemos relaciones inquebrantables o desehechemos otras en algún punto de nuestra vida; sólo por una simple frase muestro corazón puede estar enfermo de rencor, o experimentar la paz tan necesario. No obstante, desde que la libertad de expresión es aparentemente respetada por nuestra civillizada sociedad, a veces pareciera, que más que palabras fabricamos peladillas (bastante menos dañinas por cierto) con las que obsequiar a todo aquel que tenga la dicha de cruzarse en el camino. Reconozco que me encanta hablar y que padezco la misma enfermedad a la que hago alusión; uno de sus inconfundibles síntomas sin duda es la repetición de datos desconcertantes, que nada tienen que ver con nuestra vida y que nos inducen a aparentar cultura donde debiera aparecer la adicción a escuchar todas las tonterías de la televisión. Suele tratarse, por supuesto, de datos sin constractar que escuchamos en un decuido en la tele o la radio mientras hacemos la plancha. Un ejemplo de este síntoma sería algo así, en medio de una charla sobre las vacaciones, con los compañeros del trabajo  un alma cándida (normalmente yo) afirma en un arranque de sabiduría insensata "En Japón más de la mitad de la población se pone mascarilla para viajar en metro y no hay papeleras". una vez lanzada la prueba de un vasto conocimiento de costumbres y folklore asiático cabe meditar "Pero si tu nunca has estado en Japón y al único que conoces que ha estado, no te habla desde que coincidisteis en el jardín de infancia". Pero nos da igual y envestiremos con fiereza  determinada a cualquiera que se atreva a contradecirnos, nuestra información tendrá mayor peso, incluso osamos referir la fuente originaria de sabiduria "Lo he escuchado en el telediario". Claro,  hoy parece estar admitido que todo lo que se escucha en televisión debe ser cierto (ásí pero todo lo contrario). Navegamos en medio de un infinito océano de informaciones que van y vienen y algunas pasan frente a nuestra embarcación. Muchas nos importan un pimiento, pero aún así,nuestro cerebro tiene la capacidad de almacenarlas inutilmente y mientras las facultades de pensar por nosotros mismos andan dormidas, sepultadas por cargamentos y pesados fajos de contenidos, premisas, prejuicios que nos indican el sendero del pensamiento para que no nos esforcemos demasiado. Pero lo que más me preocupa es que no se da la importancia merecida a la VERDAD que parece haberse devaluado en favor del sensacionalismo, la hermosura ñoña del lenguaje y la vaguedad mental. Con tristeza he comprobado en diversas ocasiones, como en los medios de comunicación se terjiversan los acontecimientos y hasta la propia historia a favor de las caprichosas modas, pisoteando inclusive, el alabado método científico, ignorando la obligación hacia el rigor y la veracidad.
Me apena sobremanera, porque cuando nos quitan la verdad, ocultándola, escondiéndola por intereses ambiguos, nos hacen menos libres. Somos libres de decidir si tenemos la opción de buscar la verdad, pero si ésta se encuentra desfigurada, jamás decidiremos libremente. Por ejemplo: una chica puede optar seguir con su novio aunque sepa que toma drogas, pero si se le esconde este aspecto, jamás será libre para dejarlo.
Por esto creo firmemmente en la frase evangélica y profética a través de los tiempos "La verdad os hará libres". 

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