Él drama es algo que me encanta y me repele a la vez. Sonará a locura pero me fascinan los acontecimientos trágicos a los que se enfrentan los personajes de un libro o nosotros en la vida real; me produce el máximo interés observar cómo el espíritu humano es capaz de tener sentimientos elevados, sublimes y a la vez sentir la más bajas inclinaciones. En los dramas yo diferencio los personajes según se enfrente a la situación trágica. Lo que más me conmueve el corazón es el ver la debilidad en el otro; esa misma debilidad que yo experimento cada día, inherente en mi ser; la misma precariedad, necesidad de experimentar el ser amado. Alguien me dijo una vez que lo peor que podía pasarle era inspirar lastima en los demás y lo comprendí muy bien; ahora sé que estas palabras las mueve únicamente nuestro orgullo y el miedo a no ser nada, a dejar de ser. No hay nada más hermoso que contemplar los ojos de un alma herida y sentir la comprensión profunda que te une a ella en un instante que dura eternamente. El hombre es probado cada día con acontecimientos, en ocasiones muy duramente. Y de esta prueba a veces exalan los más exquisitos perfumes y otras veces las miserias profundas que cada uno de nosotros albergamos y de las que somos capaces todos. Creo que fue Sartre quien decía: "¡Ay de aquel a quien Dios aprieta contra su dedo" y es cierto que lo hace, no nos engañemos con cursilerías edulcorantes de parvularios.
No obstante hay una actitud muy aplaudida en nuestra sociedad actual y que me disgusta sobremanera. Se trata del dramatismo, según mi forma de ver las cosas. Hoy día nadie piensa en que las personas que están en el punto de mira de los demás tengan una responsabilidad moral con ellos. Pues la tienen y no poca. Pudieran ser actores, músicos, escritores, políticos, ni siquiera los maestros nos eximimos de esta realidad. Sí quieres hacerte admirar por tu trabajo, hazlo primero con tu vida. Me apena ver como nuestra sociedad pierde muchas veces el criterio aplaudiendo y festejando a personajes que , pobrecillos (sabe Dios que no los juzgo), se encuentran imbuidos en sus propias pasiones y no dejan ver un ápice de sacrificio. Es bello contemplar a un ser angustiado por el vacío existencial, pero cuando observas que realmente ha adoptado una actitud dramática de la vida, sumido en la autodestrucción deberíamos denunciarlo; reprobarlo; para al fin ayudarlo. He escuchado alguna vez con mucho acierto, que esta no es la cultura de la razón, más bien del sentimentalismo,´cuando se ve sufrir a alguien en seguida se nos suelta la lágrima fácil y aunque no sea razonable su conducta se le pasa la manica por la espalda con traidores golpecitos. Nos mentimos a nosotros mismos.
Observemos a mujeres como Agustina de Aragón (sí, si, Agustina de Aragón), que antes de desesperar ante la batalla perdida comienza a dar cañonazos y aún en esa precariedad se expantan los enemigos.
Miremos quizás el ejemplo de los trescientos espartanos que aguardaban la muerte en el desfiladero de Las Termópilas sin desistir en su lucha, únicamente porque sabían que serían más dignos y justos (dramas así da gusto).