Con andares fatigados,
por la calleja,
sobre la empinada cuesta,
sube la vieja.
Desconfía del tendero,
cruel usurero,
va comprobando el cambio,
del monedero.
Los pliegues de su vestido
se han desgastado,
ya no rezuma perfume
de dulces nardos.
Piensa en su amor cada día,
al ir a misa,
susurra oraciones breves,
de cuando chica.
En el filo de los ojos,
en sus pupilas,
se asoma una fresca fuente,
muy cristalina.
Conmueve mi pobre alma,
su sufrimiento,
los surcos de sus ojeras,
el blanco pelo.
Suave y callada,
el silencio acompaña
su noche larga.